Este debe ser el mejor consejo que he recibo en los últimos días. En efecto la vida me derrotó. Mi vida, como la conocía hasta hace unos meses, se cimbró tan fuerte como los domos del Popocatépetl que no paran de romperse.
Es un espejo a lo que siento qué pasa en mi interior, se forma un domo que se rompe, sale ceniza, gases, vapor, piedras, y x cantidad de cosas en las que no soy experta y le dan en la madre a todo al rededor. Luego el pedo se calma, el domo dice “si me puedo volver a formar, ya pasó” y ¡madres! Se vuelve a romper, llenando de ceniza nuestros ojos, pulmones y pertenencias personales. El domo se forma y se rompe continuamente, mientras nos mantiene a todos en vilo. Pinche domo autodestructivo. Ese pinche domo soy yo.
El problema es que nosotros los domos no nos damos cuenta cuando las cosas se empiezan a acumular bajo nuestras mismísimas nalgas. O nos damos cuenta pero decidimos hacernos medio pendejos. Y nos engañamos pensando que nos vamos a formar y neto en serio todo eso que está abajo se calmar mágicamente y ya no nos vamos a romper.
Hasta qué pasa ese miércoles semana. Y entonces, me rompí. Me descompuse como el Popo, e igualito que él, no puedo parar. La vida me derrotó. Y aunque si pensé en darme por vencida, invoqué a Chabelo y le dije, Wey, no manches, hazme una catafixia. Y me la cumplió, pero lo que yo no sabía era lo que había detrás de la cortina, porque así son las catafixias, le entras pero no sabes si te va a tocar algo mejor o peor. Y yo no he alcanzado a ver el interior, o por lo menos no todo. Pero creo que fue buena decisión.
No me di por vencida, pero me declaro en veremos. Y necesito un elote. Con chilito del que pica, para saber que sigo estando viva.
