La vida de adulto es encabronadamente difícil: primero te haces mayor de edad y viene la inminente amenaza de que te pueden meter a la cárcel, y eso, la neta, no está padre para nadie. Luego, o por lo menos en mi caso, viene estudiar una carrera, que ¡no mames!, quién puede estar seguro de saber a lo que se quiere dedicar el resto de su vida a los 18, luego acabas de estudiar, o estás por acabar de estudiar, y tienes que trabajar, muchísimas horas al día, para llegar agotada a tu casa y sólo tener 2 días para ti en la semana, y de ahí, en el camino común, casarte, tener hijos, y probablemente divorciarte, para volverte medio loca y medio amargada mientras tratas de descifrar tu vida all over again en tus cuarenta y tantos.
Ya sé, ya sé… no es así. No para todas por lo menos. Para mi no ha sido así, aunque nunca he tenido un camino común, bueno, tal vez un par de veces.
Si me volví mayor de edad, si estudié, si trabajé, pero luego renuncié y me fui a vivir a otro país, volví para cambiar el rumbo de mi carrera, me fui a vivir con un wey al que llevaba 3 semanas de conocer, con el que tuve un hijo unos años después, y con el que me casé muchos años después más. Encontré mi vocación, pero no me volví rica como quería, acabé viviendo en un estado en el interior de la República Mexicana, y lo que si se cumplió, aunque creo que estaba presente desde el principio, fue que acabé loca.
Y a pesar de lo mucho que me quejo, y todas las veces que digo que ya no quiero ser adulto, la neta es que si. Si me pueden meter a la cárcel, si tengo más responsabilidades de las que me gustaría, pero hay mil cosas buenas que vienen incluidas en el paquete y que no estoy dispuesta a dejar ir.
Ya iré contando mi historia para quien quiera leerla, junto con otras muchas historias más.
